EXPLICACIÓN DE LAS TARIFAS ELÉCTRICAS
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LA CALEFACCIÓN ELÉCTRICA
e entre todas las energías que podemos usar para calentar nuestra vivienda, la más limpia y la más segura es, sin duda, la electricidad. Ya sea nuestra instalación de radiadores eléctricos convencionales; o de acumuladores eléctricos destinados al aprovechamiento de la tarifa nocturna; incluso del tipo bomba de calor, que nos permite además tener aire acondicionado en verano. En todos los casos citados, no tendremos necesidad de almacenar combustible, ni de quemarlo produciendo humos peligrosos y contaminantes. No existirá tampoco riesgo de fugas, ni de explosiones. Podremos controlar la temperatura de cada habitación, gracias a los termostatos incorporados individualmente en cada aparato.
Sin embargo, todos intuimos que se trata de una energía cara. Muchos recordamos el esfuerzo económico que suponía calentar la casa con los radiadores eléctricos de toda la vida, cuando no existían las calderas murales y los edificios no disponían de calefacción central. Las compañías eléctricas, para no perder el carro ante la competencia del gas o el gasóleo, inventaron la tarifa nocturna: acumulas el calor por la noche, y lo usas por el día. No es mala idea. Además, es la única manera de poder competir en precios. Tengo familiares en Talavera que están realmente contentos con sus acumuladores eléctricos. La bomba de calor o los radiadores eléctricos convencionales no suelen funcionar con la tarifa nocturna, salvo en el caso de los dormitorios, los cuales se ocupan precisamente cuando la energía es barata.
Pero supongamos que a usted, amable lector, no le preocupa el lado económico del asunto. En este caso, parece que todo son ventajas. Eso no es del todo cierto, sobre todo desde el punto de vista medioambiental. Le explico. Para producir la electricidad, de momento, usamos carbón o gas natural, generando CO2, o energía nuclear, generando residuos. Es decir, quemamos combustible, producimos calor, y con ese calor generamos la electricidad. Electricidad que luego reconvertimos en calor en nuestras casas. En el proceso total, solo aprovechamos el treinta por ciento de la energía inicial del combustible. Ahora piense que en una caldera de gasóleo o de gas el rendimiento aproximado es del noventa por ciento, abismalmente superior. Así, calentar a casa con electricidad se me antoja un disparate energético, solo paliado por el hecho de que desplazamos la contaminación a las centrales, fuera de los núcleos urbanos.
Calefacción individual o colectiva
on la llegada del gas natural a nuestra ciudad, muchas comunidades de vecinos que disponían de calefacción central, normalmente alimentadas por gasóleo, se han visto en la tesitura de elegir entre seguir con su instalación, o bien sustituirla por instalaciones individuales dotadas de calderas murales a gas. La agresiva política comercial del sector del gas ha propiciado esa duda. Al parecer, funcionando de manera individual, nos vamos a ahorrar una buena cantidad de dinero, a la vez que nos independizamos del resto de los vecinos, evitando las típicas discusiones al respecto en las juntas de la comunidad. Me gustaría desde esta columna aclarar un poco este asunto.
Según recientes informes, y para toda la geografía española, el consumo medio de energía de las instalaciones individuales es, aproximadamente, un 30% menos que el consumo de las instalaciones colectivas. Muy bien, no dudemos de esta estadística: parece lógico que, cuando la factura va directamente remitida a nosotros, nos lo pensemos dos veces antes de derrochar energía. Sin embargo, son muy pocos los nuevos clientes de gas natural que, a la hora de la verdad, ven reducida su factura: la mayoría consume menos energía, pero les cuesta más o menos lo mismo. ¿Dónde se ha quedado el ahorro?
Cuando la empresa distribuidora de gas factura a un gran consumidor, le pone el gas considerablemente más barato que al pequeño consumidor. Y cuando optamos por las calderas individuales, automáticamente nos convertimos en pequeños consumidores. ¿Entonces qué pasa? Consumimos un 30% menos de energía, pero esa energía es un 30% más cara. El resultado es que no ahorramos un euro.
Ahí no queda la cosa: ante una avería en la caldera central, la empresa de mantenimiento acudía en seguida, por la cuenta que les traía para prorrogar su jugoso contrato. Ahora, cuando se me para mi flamante caldera individual, tengo que encomendarme a las páginas amarillas, mentirle al fontanero de turno para que venga pronto alegando una grave enfermedad de los huesos que me obliga a estar calentito en casa, y tener bien preparado el sobre del dinero. Eso sí, si no quiero, no pago el IVA y me sale más barato.
Puede que usted, estimado lector, pertenezca al reducido grupo que realmente sí se ahorra un dinerito; vamos, que lo ha notado al cambiar a caldera individual de gas. En primer lugar, enhorabuena. ¿Quiere que le diga por qué lo ha conseguido? Pues muy probablemente porque su anterior instalación colectiva estaba deficientemente mantenida, y funcionando con deplorables rendimientos. No le conceda todos los méritos de su ahorro al gas natural, señor.
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